Sin palabras

Sin palabras2019-08-25T14:53:39+02:00

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Sin palabras

¿Qué podría decir – o escribir – respecto a esta fotografía, del hombre y de la niña que está comiendo un helado, sentados frente a frente en una moto, en la plaza central de La Antigua, en Guatemala?

Cuanto más miro esta fotografía, más se despierta en mi un sentimiento, pero soy incapaz de encontrar las palabras exactas para describirlo, para transmitir esta experiencia íntima. ¿Por qué? Quizás porque este sentimiento – más que una simple emoción – no puede ser abarcado por ninguna palabra. Nada hay aquí que deba ser entendido, únicamente algo que capturar. Lo esencial es cierta armonía, quizás la armonía del momento, un «momento decisivo» como lo habría llamado Cartier-Bresson.

Las palabras son importantes, por supuesto, pero no siempre son necesarias. Siempre buscamos saber, entender, y las palabras son bastante eficaces para transmitir ideas y conceptos. ¿Pero las palabras pueden transmitir un sentimiento profundo? ¿O una intuición? ¿Son el soporte, la manifestación de la inteligencia, o la inteligencia no sería más bien la capacidad de discernir, lo que en sí no tiene nada que ver con las palabras? ¿Pueden las palabras emanar luz, o producir una experiencia mística? No.

¿Son indispensables las palabras para que sintamos la maravilla de una creación artística? ¿Son necesarias para capturar la belleza, para sentirse en unión con la naturaleza, para meditar? De nuevo, la respuesta es no.

Las palabras son importantes, pero son limitadas. Hay un mundo que descubrir más allá de las palabras, y ciertos estados elevados de la conciencia están tan alejados de los planos en los que nos movemos habitualmente que las palabras no son una herramienta que puedan usar.

El verdadero drama sin embargo es que hemos sustituido la búsqueda por la experiencia y lo vivido por la búsqueda de la comprensión.

Todavía estamos demasiado presos de la ilusión que consiste en considerar que comprender es suficiente, que la comprensión es la meta última y por consiguiente, que cuando algo ha sido explicado por medio de palabras, y entendido, ya no es necesario hacer el esfuerzo de experimentarlo y vivirlo.

Pero ¿eso es verdad? Espero equivocarme. Si tuviéramos que elegir entre «entender el amor» o «estar enamorado», la elección sería evidente. El amor existe para ser vivido. No puede limitarse a palabras ni ser limitado por ellas, aunque se trate de palabras de lo más precisas, sutiles y poéticas.

Nada puede sustituir el sentimiento, la experiencia de estar enamorado. Y nunca nada debería sustituirla.