La vida es movimiento, y el movimiento nos cambia. ¿Tenemos algún control sobre este movimiento? Sí, al menos en parte. Por supuesto que no podemos escapar del paso del tiempo que nos envejece y nos desafía con algunas situaciones comunes. Recuerdo que a los 40 años descubrí que tengo que aceptar algunas limitaciones físicas, por ejemplo, la necesidad de usar gafas por primera vez. Luego, a los 60 años, comprendí que tendría que vivir con la presencia constante del dolor. No un dolor muy grande- todavía no, ojalá – sólo alguna molestia… pero que «algo» siempre me dolería, hoy mi espalda, mañana un diente, luego un músculo, etc… Esto no está bajo nuestro control, pero otra cosa sí es: el tiempo nos permite acumular experiencias, y esas experiencias pueden cambiar según nuestra capacidad de procesarlas, y la dirección general que elijamos a dar nuestra vida.

La vida nos presenta constantemente una elección que hacer. En muchas situaciones, hay un camino hacia la luz, el Bien, lo Bello, lo Justo… y otro que conduce, tal vez no a lo opuesto -la oscuridad y el Mal-, pero al menos a la falta de luz, a comprometer lo que sabemos en el fondo de nuestro corazón que es la elección correcta.

¿Y cuál sería esa elección? Bueno, en pocas palabras diría: ¡Siempre elige caminar hacia la luz!